22 Septiembre 2006
...nos llegan noticias, nos las cuentan, que no querríamos haber vivido. A veces, una llamada telefónica que, al ver el nombre iluminando la pantalla, genera un instante de sorpresa y felicidad antes de pulsar el acepto, introduce factores en la vida que no creíamos posibles. Son cosas que pasan a diario a nuestro lado pero que nunca hemos vivido de forma directa. Ni las pensamos. No existen. Ni siquiera tenemos sospecha de la liviandad de nuestras vidas, de los lazos que nos unen a cada uno de los días. Entonces nos damos cuenta de nuestra fragilidad, de lo absurdo de nuestras querellas y preocupaciones. En una ciudad de México una familia esperaba un bebé. Nadie sabe que pasó. No dan explicaciones, pero, desde que amaneció a la vida ingresó en el sufrimiento, en un sufrimiento que no le abandonará mientras viva. Tratamientos agresivos para intentar mantener un cuerpo que pierde vida por todos sus poros. ¿Cómo mantener la esperanza sabiendo que no existe futuro? ¿Cómo explicarle a su hermano que el hermano con el que iba a jugar y aprender no puede salir del hospital? ¿Cómo asumir que se ha roto la vida para siempre, que nada volverá a ser como antes? ¿Cómo entender la terrible injusticia? ¿Dónde pedimos cuentas? ¿Cómo explicar que queremos a ese pedazo de carne doliente más que a nuestra vida?
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20 Septiembre 2006
Necesito que respetes mi intimidad, necesito tener una parte de mi misma, un espacio propio... me dijo, hace ya tantos años, después de mucho insistir en compartir sus pensamientos, los sufrimientos que yo podía sospechar. Me lo creí. Lo he tenido siempre presente en todos los años transcurridos, en todos los silencios vividos, todas las veces que rechazaba una caricia, un abrazo o un simple beso.
Hace unas cuantas noches sólo pudo decir que nunca he sido su marido, su amigo, su confidente. Entonces yo me callé. Y, en silencio, pensé que mi mayor error ha sido respetar siempre su silencio, querer en el silencio, soñar con que algún día sería capaz de abrir sus sensaciones y compartirlas. No pedir. Respetar.
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20 Septiembre 2006
Nuevo contacto. Estoy empezando a tener más seguridad a la hora de entrar, aunque sigo sin tener certeza, sin saber si algo de lo que escribo estará saliendo en algún lado, si podrá ser visto por alguien capaz de leer desde alguna de las localizaciones aisladas en que ahora vivimos los habitantes de lo que queda.
Algún día escribiré sobre mi historia en la travesía universal. Hace ya demasiados años pero ninguno de los que la vivimos hemos podido olvidarla. Entre nosotros no hablamos de esos días, las heridas están todavía demasiado presentes. Nadie propuso ningún pacto de silencio, ninguno de nuestros dirigentes habló nunca de silenciar el pasado pero, el silencio de lo que un día fuimos y de cómo lo perdimos llegando a lo que ahora somos, nos avergüenza tanto que, como en la posguerra alemana, todos preferimos considerar que el pasado está olvidado. Además, todos somos conscientes de que nunca volverá. Ahora cada isla es un planeta alrededor de galaxias de agua.
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18 Septiembre 2006
¿En cuantas habitaciones he vivido?
Cuando comencé a vivir solo tuve que buscar una habitación con derecho a cocina. No sé si ahora se sigue utilizando esta expresión que me trae aromas de sucedáneo de café y galletas reblandecidas por la humedad. Eran tiempos de cierzo helado en las calles y vidrios rotos por doquier. Miedo e ilusión.
Nunca tuve relación con la familia que alquilaba la habitación, ni siquiera recuerdo sus rostros o sus nombres. La había encontrado por casualidad y tenía dos ventajas, estaba cerca de la universidad y era individual. Casi monacal. Cama, armario, silla y mesa. Cuarto piso sin ascensor. Ventana a la calle. Al lado, compartían habitación dos estudiantes, realquilados como yo, que comenzaban medicina, y con los que no tuve más remedio que trabar amistad, más por necesidad que por afinidad.
En realidad no vivíamos allí. Nuestras horas pasaban entre clases y bares, en las calles. Aún ignoro como pude aprobar aquel primer año. En las clases comencé a profundizar en las clandestinidades habituales de la época y aprendí a tomar apuntes y a responder a lo que preguntaban. Ahorro de esfuerzos. En el bar, el Montesol, que habíamos adoptado como sala de estar, comedor y cocina, justo enfrente de la desolada habitación, nos llenábamos de humo, cerveza y bocadillos de tortilla. Aprendí a jugar al guiñote, a tomar café y coñac, y desarrollé mis tácticas de fumador. Las horas pasaban muertas en ese bar que todavía existe, en la misma esquina ventosa, con sus olores a fritangas y pinchos con vinagre.
Continuará...
servido por otravezadicto
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15 Septiembre 2006
Priklopil construyó su habitación privada pensando, mientras arrancaba paletadas de tierra del sótano de su casa, que estaba edificando un palacio, una catedral, un homenaje magnífico.
Sin querer aceptarlo, muchos de nosotros construímos habitaciones obscuras en el sótano de la conciencia. Lugares donde solo nuestra soledad sabe lo que sucede. No solemos encerrar en ellas a personas, pero sí tenemos allí personas a las que creemos conocer y que, mientras las observamos tan próximas, se alejan cada vez más.
servido por otravezadicto
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14 Septiembre 2006
Bucear en las profundidades abisales de demasiados años exige escafandra de seguridad, con elevada resistencia a las altas presiones. Allá abajo se pierden las referencias de espacio y tiempo y las visiones que aparecen diáfanas pueden, en realidad, ser sólo reflejos empobrecidos, carentes del detalle de la vida.
Imaginemos un adolescente que se cree a punto para pasar a la edad adulta, que se cree adulto. Imaginemos que ha salido huyendo de una pequeña capital de provincias oscurecida por el sueño de los años de dictadura, olvidada en un meandro junto al río. Se deja arrastrar por la vida a unos estudios que no le seducen pero que le permitirán salir de la ciudad, dejar el ambiente familiar que le ahoga. Y allí aterriza, en otra ciudad más grande pero también adormecida, de nuevo al lado del mismo río pero con otros aires. Se siente libre en la habitación desnuda recién alquilada. Compra algunos manuales que no entiende pero que aprenderá a memorizar con el piloto automático para poder seguir disfrutando de lo que cree que es su libertad.
Quedan atrás amigos que no se atrevieron a dar el salto, amores nunca correspondidos. Ya ha conocido los dolores del fracaso sentimental y ha aprendido que no hay frase que más duela: "seamos amigos, me gustas, me caes muy bien, pero no estoy enamorada de tí".
Todo se olvida con las primeras borracheras y los segundos porros.
Continuará...
servido por otravezadicto
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12 Septiembre 2006
Regresan al colegio. Siguen pasando los años. Seguimos esperando que las mochilas nuevas nos aporten otros horizontes. Nuevos horarios. Nuevas experiencias. Más vida.
Hoy llovía. Caía un agua torrencial, de diluvio originario, como si quisiera dejar su presencia después de semanas de sequía y desierto, como si reclamara de nuevo su lugar en esta ciudad castigada durante semanas por el sol y la humedad.
Después de dejarlas en el cole he puesto rumbo a la oficina. Me apetecía caminar bajo la lluvia así que me he bajado tres paradas antes del autobús. En las aceras se formaban sistemas de ríos y lagunas. Sin darme cuenta he comenzado a seguir los pasos de una chica que caminaba delante de mí. Llevaba sandalias y sus pies desnudos iban dando pequeños saltitos para evitar hundirse en el agua embalsada, en los remansos frescos. Protegía su camisa de seda negra llena de flores estampadas debajo de un paraguas rojo. No pede verle la cara, pero, sin que lo supiera, iba guiando mis pasos hasta el último cruce. Colocaba mis zapatos donde ella había posado sus pies como alas. Allí nuestro camino se separó y alcancé el despacho como pude, empapándome los zapatos nuevos y las perneras del pantalón, sin poder evitar hundirme en todos los charcos.
Juraría que, con sus gráciles movimientos, no se mojó ni el meñique.
servido por otravezadicto
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8 Septiembre 2006
Tengo un amigo paranoico. Tiene el profundo convencimiento de que alguien o algo, no sabe si humano, espíritu o extraterrestre, captura sus sueños con algún propósito oculto.
Hace ya unos cuantos años, después de una buena cena y varias copas, me contó, entre avergonzado y espoleado por el alcohol, su triste situación. Comenzó a sospechar después de varios meses en que nunca recordaba ningún sueño al levantarse. Pensó que estaba durmiendo más profundamente, ya que era una época en la que su matrimonio no había sufrido los desgastes del tiempo y su vida sexual era placentera y constante y, además, pese a que dedicaba bastantes horas al trabajo, se encontraba en un momento ideal de su vida profesional. Pero, pese a todo, comenzó a preocuparse. Buscó información e incluso llegó a consultar con uno de los primeros especialistas en sueños de Barcelona que le recomendó, con tono pausado, que no debía preocuparse. Tras conocer las horas en las que, despertándose, podía resultar más probable el recuerdo, comenzó a poner despertadores para despertarse en mitad de la noche. Lo único que logró fue agriar el carácter de su mujer. Un año después se divorciaron de forma traumática, entre acusaciones mutuas y discusiones por la custodia de la iguana que había observado el deterioro de la relación desde una esquina del salón.
No nos veíamos con frecuencia. Un divorciado deja de encajar entre el grupo de amigos con problemas de pareja e hijos en que nos habíamos convertido. Pero, aquella noche, me hizo una revelación sorprendente. Hacía pocos días que había encontrado, oculto entre las ropas del fondo del armario, las que apenas usaba, una caja de zapatos llena de casetes vírgenes, con su celofán protector y, ajustándose a sus sospechas, las fue colocando, una a una, más de setenta y dos horas seguidas, en el reproductor. Allí encontró horas y horas de relatos, voces metálicas que explicaban historias. Algunas se repetían de forma obsesiva, muchas las conocía ya, otras le resultaron nuevas e incluso creyó que podían pertenecer a otros.
La revelación me inquietó. Durante unos cuantos días hice varias llamadas a antiguos amigos comunes, incluso a su ex, para confabularlos en mi propósito de buscarle un tratamiento adecuado. No conseguí gran cosa. Su ex me colgó el teléfono después de mandarme a la mierda y reclamarme la iguana. Dejé de verle y me fui olvidando. Adopté la ilusión de que el tiempo puede curarlo todo.
Desde esa noche sólo me lo he encontrado de forma ocasional. Veo como su aspecto se va deteriorando en cada encuentro, pero procuramos no hablar mucho y nunca le pregunto por sus sueños. En su mirada, a veces, encuentro rincones de sospecha. Ayer, después de varios años de encuentros esporádicos, me lo encontré curioseando en la sección de informática de la FNAC. Llevaba la camiseta arrugada, había ganado peso y apestaba a tabaco. Nos saludamos con mutuos recelos y le propuse tomar una caña en el Zúrich, por los viejos tiempos, aunque ya no sea el nuestro, le dije. En un rincón de la terraza, viendo volar las palomas sobre turistas y vendedores, me habló de conexiones wi-fi y tarjetas de memoria. Tenía información de primera mano sobre los últimos modelos de almacenamiento y transmisión de datos. Me dijo, cuando nos despedíamos, que seguía sin soñar nada.
Quedamos en llamarnos. Pero no creo que lo hagamos.
servido por otravezadicto
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