Improntas
César Tubau se había quedado sin ideas. Nunca había sido una persona despierta pero, una mañana, tiempo atrás, sintió que no se le ocurría nada y ni tan siquiera notó un vacío. Miraba a las personas a su alrededor, observaba los distintos objetos, conocía sus nombres y sus usos, seguía con los ojos los movimientos, pero nada llegaba a producir un pensamiento en su cabeza. No conseguía pensar nada, y ni siquiera era consciente de ese vacío, ni se sentía distinto a los demás, ni podía pensar que otros días anteriores en su vida habían sido diferentes.
Desde entonces, durante años, siguió una vida metódica inspirada por la mecánica diaria grabada como una impronta en los pliegues de su cerebro. Con su mujer compartía la vida que acostumbraban, ajenos a novedades o a sorpresas. En el trabajo respondía de forma adecuada a los estímulos documentales y a los destellos del ordenador y pasaba las horas muertas, removiendo papeles, copiando informes, y utilizando corta y pega de word para hacer miles de páginas inútiles. Al llegar a casa, algunas noches, su compañera le esperaba con alguna de sus sorpresas habituales y terminaban, como siempre, haciendo el amor tal y como habían aprendido hacía ya demasiado tiempo.
Los años transcurrieron lentamente, con la suave cadencia de las estaciones, con el monótono caer de las hojas del calendario. Todo estaba en orden.
Una noche, César Tubau se despertó sudando. En el reloj comprobó la hora, apenas las cuatro de la mañana, y sintió un escalofrío. Pensó que no era feliz y la simple comprobación de que algo se había vuelto a encender en su mente le asustó. No sabía como reaccionar. No estaba previsto que sucediera. El sudor se incrementó y notó un dolor agudo en el pecho. Apenas se dio cuenta de que se moría.
A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, su mujer sintió su mano fría y quieta en la cadera. No tuvo siquiera que mirarlo para saber lo que había sucedido. Pensó: pobre, como un pajarito...
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
