Habitáculos dos
Aquel curso se consumió entre turbulencias. Las clases eran masivas. Las manifestaciones también. En cualquier momento se montaba una pequeña algarada o una pequeña fiesta con guitarras, canción protesta y vino peleón. Y, a veces, hasta pillábamos costo después de falsificar la compra de algún libro. El frío en la habitación era intenso así que apenas pasaba en ella el tiempo imprescindible para dormir y para las últimas sentadas previas a algún examen. Corrimos delante de policías que todavía vestían de gris y corrimos borrachos de bar en bar hasta acabar en el santuario local con nombre de metal noble, El Plata, café cantante, donde nos mezclábamos alrededor de la penúltima copa de coñac con los habituales del lugar y con otros peregrinos que, desde los pueblos próximos, habían acudido a la celebración suprema de la juerga. Jaleábamos cuplés, a la espera del striptis final, para acabar la noche y pasar la última sesión en el bar de la estación del tren, viendo fugaces expresos nocturnos camino de lugares a los, entonces, no soñábamos siquiera con llegar.
Aquel año nos alimentábamos en el comedor de medicina, entre revuelos de batas blancas de aprendices, con productos congelados y mal recalentados. Lo más barato de la ciudad para estudiantes sin posibles. Allí la conocimos. Eramos tres para tres y comenzamos a esperarlas para comer. Todos de medicina menos yo, un bicho raro, que empezaba en una facultad distinta y que mantenía como único lazo de unión la habitación realquilada de al lado.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
