Palomas
Un hombre cruza en diagonal la plaza. A su paso se levantan las palomas, molestas por el intruso que interrumpe la pitanza. Desde un banco, en la sombra, le observan algunos jóvenes sentados en el respaldo. Miran sin ver como camina, sus miradas se pierden a lo lejos, hacia África.
Cuando se acerca a la esquina se detiene. Apenas un ligero temblor en los hombros. A sus pies vuelven las palomas que zurean esperando más grano. El hombre se lleva la mano a la boca, se la tapa. En su rostro emerge la tristeza y, poco a poco, sin moverse, se le escapan las lágrimas. Sólo dos. Resbalan lentamente.
Una niña se acerca para alimentar a las palomas. Levanta la mano y las tres más atrevidas se le montan en el brazo y picotean entre los dedos. La niña levanta la vista para mirar a la paloma que se posó en la cabeza del hombre, para llamarla al banquete. Ve el llanto lento, sosegado.
A pocos metros, su padre la observa. La niña se gira y corre hacia él: "anda, dame un dinero para la estatua".
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
