Como debe ser
Bernardo era hijo de un abogado con despacho histórico aunque modesto, en el centro de una ciudad mediana con regular crecimiento. Estudió con corrección. Buscaba apuntes, se preparaba los exámenes, sabía que sus gruesas gafas le librarían de las obligaciones militares entonces vigentes. Buscó novia en la facultad y la encontró de su talla, a su medida. Comenzó a hacerse cargo poco a poco de los asuntos que, de forma lenta pero también regular, iban entrando. Alcanzó ritmo de crucero en su economía familiar, con la ayuda del sueldo constante de funcionaria de la que, de novia, pasó a ser su esposa. Nunca se movió de la ciudad en la que había nacido. Ahora, su hijo Bernardo ha comenzado en la facultad. El río lento de la vida va transcurriendo. Cambió gafas por lentillas y, al final, incluso se operó la miopía. Pero sigue viendo las mismas calles cada día. Cambian las estaciones, pasan los años, y, supongo que, aún de forma razonable, es feliz.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
