Habitáculos
¿En cuantas habitaciones he vivido?
Cuando comencé a vivir solo tuve que buscar una habitación con derecho a cocina. No sé si ahora se sigue utilizando esta expresión que me trae aromas de sucedáneo de café y galletas reblandecidas por la humedad. Eran tiempos de cierzo helado en las calles y vidrios rotos por doquier. Miedo e ilusión.
Nunca tuve relación con la familia que alquilaba la habitación, ni siquiera recuerdo sus rostros o sus nombres. La había encontrado por casualidad y tenía dos ventajas, estaba cerca de la universidad y era individual. Casi monacal. Cama, armario, silla y mesa. Cuarto piso sin ascensor. Ventana a la calle. Al lado, compartían habitación dos estudiantes, realquilados como yo, que comenzaban medicina, y con los que no tuve más remedio que trabar amistad, más por necesidad que por afinidad.
En realidad no vivíamos allí. Nuestras horas pasaban entre clases y bares, en las calles. Aún ignoro como pude aprobar aquel primer año. En las clases comencé a profundizar en las clandestinidades habituales de la época y aprendí a tomar apuntes y a responder a lo que preguntaban. Ahorro de esfuerzos. En el bar, el Montesol, que habíamos adoptado como sala de estar, comedor y cocina, justo enfrente de la desolada habitación, nos llenábamos de humo, cerveza y bocadillos de tortilla. Aprendí a jugar al guiñote, a tomar café y coñac, y desarrollé mis tácticas de fumador. Las horas pasaban muertas en ese bar que todavía existe, en la misma esquina ventosa, con sus olores a fritangas y pinchos con vinagre.
Continuará...
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
