7 de septiembre de 2086
Durante los últimos días he podido dormir muy poco. Quizás sea la edad. Los estudios explicaban, hace ya mucho tiempo, que cuantos más años vas cumpliendo menos necesidad tienes de dormir. El semestre de las luces está a punto de comenzar aquí, en la isla sur, y eso me anuncia, como en cada cambio, nuevas jornadas de insominio. Quizás este año me decida a probar la química.
He hecho cálculos para llenar las horas de vacío. Si mis elucubraciones no están basadas en el error es posible que el formato en el que estoy escribiendo pueda ser visto ahora desde otros ordenadores antiguos en algún punto del resto de las islas que quedan en el planeta. En realidad, tampoco es que me importe. Esto es un juego. Soñar con la existencia de una mínima posibilidad de comunicación a la manera de nuestra infancia, con las redes que estaban tan de moda cuando apenas era una niña. Y poder enlazar con los recuerdos de esos días.
Nunca sabemos la causa de que, en un instante, se produzcan determinadas conexiones eléctricas y nos asalte un recuerdo, un fogonazo del pasado. Ayer mismo, dándole vueltas a mis intentos anteriores y fracasados de volver a escribir en este viejo cacharro, surgieron imágenes del último verano en la montaña, del último verano de mi infancia en que estuvimos los cuatro juntos, de lo que veía y de lo que pensaba, de todos los silencios que viví, de mi enfado al ver que mi padre no hacía nada para romper el aislamiento en que había caído mi madre, ensimismada, pasando a su lado como si no existiera, volviendo la cara y los ojos cada vez que se encontraba a su lado. Intuía que mi vida ya no sería la misma después de esas semanas, pero no fue hasta varios años después cuando pude entender algunos aspectos de lo que, bajo las sombras, estaba ocurriendo.
Aquel verano fuimos muchas veces a la piscina. Monté a caballo. Y tuvo momentos en que, al menos con nosotras, parecía calentar el sol. Pero, al final, fue aquel verano en el que se instaló el hielo en nuestra familia y nadie tuvo después fuerza o calor suficientes para deshacerlo. Pero eso es otra historia.
Si alguien me lee, intentaré regresar.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.

Rojopasion dijo
Te leo... Un saludo y ánimo
8 Septiembre 2006 | 09:50 PM