Cepillo de dientes
Cuando camino por la interminable terminal cuatro hacia la parada de los taxis aprovecho para conectar el móvil. En el último viaje, nada más guardarlo en el bolsillo, se disparó la alarma. Un mensaje. De M.: -Te has llevado mi cepillo de dientes-. Al llegar al despacho la llamé por teléfono para pedirle disculpas. Parecía evidente que, aquella mañana, ni siquiera la ducha había conseguido sacudirme el sopor. Le dije que se comprara otro, yo haría lo mismo, y que el error se había producido por que los dos cepillos que estábamos usando esos días eran azules y el color y el sueño habían provocado mi confusión. M. me contestó con rapidez, segura de su afirmación -te equivocas, el mío es verde-. Como tantas otras veces, no quise llevarle la contraria y entrar en discusiones tan absurdas como inútiles.
Al llegar al hotel, por la tarde, comprobé que la memoria no me había fallado. Su cepillo era azul. Lo guardé sin usarlo pese a que me hacía falta y no había encontrado una farmacia abierta entre el despacho y el hotel. Hace demasiado tiempo que la vida no nos lleva, como antes, a compartir bacterias y fluidos.
Y entonces, por sorpresa, creí entender por que M. parece no tener esperanzas ni ilusiones: cada vez que ha intentado caminar sobre la esperanza se ha hundido entre las aguas. Pura cuestión de daltonismo.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.

Teresa A.M. dijo
Qué bien escribes, Adicto...
25 Julio 2006 | 11:28 PM