Bodas
Cuando me invitan a una boda siento una gran pereza y trato de buscar mil excusas para no acudir. Celebrar ese tipo de acontecimientos me resulta agotador y, en algunos aspectos, incluso impúdico, pero, en ocasiones, no puedes negarte sin provocar una nueva versión de la guerra civil en eso que denominan la familia extendida. Este fin de semana tuve que asistir a otra. Apenas conocía a la contraria y eso que es quien me ha invitado. Además, el calor hacía insoportable la etiqueta, así que procuré colocarme lo más alejado posible y me entretuve en observar el paisanaje.
Me resultó curioso que, en su mayor parte, las parejas jóvenes y todavía no matrimoniadas exteriorizaran más emociones y arrobos que otras que ya llevan años de convivencia y matrimonio. Éstos procuraban andar más sueltos y se percibía despego, aburrimiento, incluso hastío. Incluso aquéllos de los primeros a los que les tocó, en situación que ahora parece estar convirtiéndose en costumbre, recoger el testigo de la carrera de relevos en que se convierten los muñequitos de la tarta nupcial, y que se negaban entre risas nerviosas a quedárselos, se les notaba un tenue brillo en los ojos que, me pareció, no provenía de la abundancia de alcohol con que se festejan estos acontecimientos. ¿Lo llamaríamos falta de experiencia o el producto de reacciones químicas ilusionantes fruto de hormonas de las que, a cierta edad, ya carecemos?
Hubo tiempo para todo. Esperas interminables para cotillear, poner verde a primos a los que vemos sólo de boda en boda, y sufrir el daño de los zapatos y el ruido ensordecedor al que ahora llaman música, servido por un colocador de cedes enloquecido y que pretendía ser gracioso. Los mayores de la familia parecían a ratos mirar con melancolía hacia su tiempo pasado. Al cabo, quizás era el champaña servido con generosidad, el que los sumía en el baile tribal, al borde del colapso, empapando en sudor sus grasas, con músicas que nunca fueron suyas. Por fortuna, no hubo demasiados niños corriendo entre las mesas y atiborrándose de caramelos.
Para mí, que recuerdo mi boda como un día sofocante de agobios, sudores y prisas, en el que todo lo que podía salir mal se produjo tal y como lo habría profetizado un gafe, comprobar que el pasado se repite una y otra vez, incluso con protagonistas diferentes, es el único punto de divertimento del que disfruto durante los momentos en que, por obligación, debes resultar educado y amable. La rueda sigue. Seguimos vivos.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
