Mensajes
Poco antes de que llegaran las navidades, ahora ya tan pasadas, me llegó un mensaje de felicitación al móvil. Me extrañó. Yo no envío ni postales a los íntimos. Había, además, una novedosa diferencia. No conocía al remitente.
Soy persona más o menos educada, así que respondí, a mi vez, con otra felicitación y con alguna interrogante que pudiera sugerir a mi comunicante que se había producido un error. Al otro lado, no sé en donde, lo captaron enseguida y de nuevo llegó otro mensaje, ahora de incredulidad ante la duda. Mi respuesta intentó aclarar las cosas manteniendo oculta mi identidad. Comenzamos entonces un cruce de mensajes diferentes. La casualidad del error, quizás al escribir el número de destino tras una noche loca, o por la existencia de algún bit descontrolado en las centrales de movistar, había propiciado un encuentro inesperado. Los textos iban y venían revelando pequeñas parcelas de nuestra intimidad. Por momentos tuve la tentación de no mandar el siguiente mensaje y marcar directamente el número para escuchar una voz que, presumía, era femenina y melodiosa.
No lo hice. Descubrí algunos datos: el lugar desde donde escribía, aquello a lo que me dedico. No obtuve más respuestas. Al cabo de unos días borré los mensajes de la memoria del móvil. Ahora tampoco diré desde donde escribo o en qué trabajo. Temo que si lo hago nadie me lea.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.

Teresa A.M. dijo
Sí, a veces es mejor dejar que la gente lea entre líneas... La información monda y lironda, directa y fría, suele ser como la luz del sol mirada directamente: deslumbra, quema los ojos. Asusta.
Me alegra tenerte de nuevo de vuelta, Adicto. Te he echado mucho de menos.
Bienvenido.
4 Junio 2006 | 09:29 AM