En Barbados
El sargento de policía Theodore Bloom se agarró a la escalera y alcanzó el muelle. Sudaba. Bajó la mirada hasta sus zapatones de cuero, que brillaban a reglamento, y dejó caer a su lado los guantes de látex. Las sirenas se perdían en dirección a Coach Hill. Se acercó hasta los oficiales de inmigración que hurgaban entre los papeles que había encontrado en la caja de metal escondida dentro del banco de popa. Revisaban un manojo de pasaportes. Entonces pensó que habían estado tan ciertos de su muerte que ni se habían preocupado de arrojarlos por la borda para evitar las repatriaciones.
Cuando llegó a su lado un papelillo doblado revoloteó suavemente hasta sus pies. Se agachó con cansancio a recogerlo y lo desdobló. Apenas dos líneas mal escritas en una lengua que no entendía. Susurró los sonidos tras pasar los ojos por las grafías, y le llegó el aroma de la leche batida con canela y mango que su abuela le preparaba cuando era niño, más de cincuenta años atrás, mientras le cantaba las canciones que a ella le había enseñado su abuelo, canciones de un pasado remoto, canciones de otro continente, de otra vida.
Pensó, por un momento, en su infancia feliz en el Caribe. Colocó el papel en la caja y, con un gesto, se dirigió hacia su coche. Creyó que los recuerdos podrían tapar el horror y se quitó la mascarilla impregnada de alcanfor. El hedor de la muerte le llenó los pulmones y supo que era para siempre.
Conduciendo de regreso a casa tarareaba suavamente canciones desconocidas. Decidió que debía enseñárselas, por fín, a sus nietos.
Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.
