Los inviernos del estudiante sin dinero se hacían interminables. Aquel primer año la beca era corta, las ansias eran muchas y, por tanto, las perspectivas debían adecuarse al líquido disponible. Del comedor universitario pasábamos a deambular por las calles, a apurar un café durante horas, a las charlas interminables sobre la vida y la muerte, sobre la libertad, los grandes temas que impregnan el descubrimiento de vivir cada cual su camino y sus deseos. Una botella de vino peleón bien repartida servía para pasar la tarde entera en un garito cantando con guitarras a Víctor Jara y Quilapayún, a Serrat, Paco Ibáñez y otros clásicos y nos dejaban terminar con una cena de cacahuetes tostados rebañados de las mesas vacías.
Por la noche el cierzo introducía el frío en los huesos. El grupo se iba desperdigando a las distintas habitaciones con derecho a cocina. Las convenciones morales de la época y los pactos establecidos impedían que subiéramos a los cuartos de las chicas o que éstas se refugiaran en los nuestros. Los portales se convirtieron en nuestro refugio, especialmente en suyo, algo más acogedor, con unos escalones de granito, fríos, pero que permitían descansar después de horas de paseos a ninguna parte. Allí, conforme se entrelazaban las conversaciones, iba surgiendo el deseo, aparecían los primeros sentimientos que tapaban otros dolorosos. La esperanza hacía olvidar las causas de la huída, cerraba las heridas que habían quedado atrás. Las noches en el portal, largas conversaciones interrumpidas sólo por la llegada de algún vecino trasnochador al que había que dar paso sumidos en el silencio, fueron reiterándose. Las primeras en pandilla, todos juntos y revueltos, y, poco a poco, los intereses comunes nos fueron juntanto a los dos, la conversación se fue haciendo más íntima, fuimos aceptando incluso los silencios y buscando el ruido de las respiraciones mientras abanzaba, sin parar el reloj y nos asegurábamos que no importaba fumarse las primeras clases. Comenzamos a hablar de nosostros, a reconocernos como personas, a intentar balbucear sentimientos.
Una noche, a solas con ella en su portal, le disparé sin pensar ¿tu te masturbas?. Me miró con cara de asombro, pareció negar con la cabeza y entendí que la pregunta no había sido muy adecuada. Me despedía con torpeza y caminé hasta la habitación con derecho a cocina. Pasaron varios años hasta que volvimos a retomar aquella conversación. Al día siguiente, de nuevo comimos todos juntos. La noche parecía haber borrado tanto la pregunta como la (aparente) respuesta. Nos instalamos en la normalidad de la pandilla.
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Aquel curso se consumió entre turbulencias. Las clases eran masivas. Las manifestaciones también. En cualquier momento se montaba una pequeña algarada o una pequeña fiesta con guitarras, canción protesta y vino peleón. Y, a veces, hasta pillábamos costo después de falsificar la compra de algún libro. El frío en la habitación era intenso así que apenas pasaba en ella el tiempo imprescindible para dormir y para las últimas sentadas previas a algún examen. Corrimos delante de policías que todavía vestían de gris y corrimos borrachos de bar en bar hasta acabar en el santuario local con nombre de metal noble, El Plata, café cantante, donde nos mezclábamos alrededor de la penúltima copa de coñac con los habituales del lugar y con otros peregrinos que, desde los pueblos próximos, habían acudido a la celebración suprema de la juerga. Jaleábamos cuplés, a la espera del striptis final, para acabar la noche y pasar la última sesión en el bar de la estación del tren, viendo fugaces expresos nocturnos camino de lugares a los, entonces, no soñábamos siquiera con llegar.
Aquel año nos alimentábamos en el comedor de medicina, entre revuelos de batas blancas de aprendices, con productos congelados y mal recalentados. Lo más barato de la ciudad para estudiantes sin posibles. Allí la conocimos. Eramos tres para tres y comenzamos a esperarlas para comer. Todos de medicina menos yo, un bicho raro, que empezaba en una facultad distinta y que mantenía como único lazo de unión la habitación realquilada de al lado.
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¿En cuantas habitaciones he vivido?
Cuando comencé a vivir solo tuve que buscar una habitación con derecho a cocina. No sé si ahora se sigue utilizando esta expresión que me trae aromas de sucedáneo de café y galletas reblandecidas por la humedad. Eran tiempos de cierzo helado en las calles y vidrios rotos por doquier. Miedo e ilusión.
Nunca tuve relación con la familia que alquilaba la habitación, ni siquiera recuerdo sus rostros o sus nombres. La había encontrado por casualidad y tenía dos ventajas, estaba cerca de la universidad y era individual. Casi monacal. Cama, armario, silla y mesa. Cuarto piso sin ascensor. Ventana a la calle. Al lado, compartían habitación dos estudiantes, realquilados como yo, que comenzaban medicina, y con los que no tuve más remedio que trabar amistad, más por necesidad que por afinidad.
En realidad no vivíamos allí. Nuestras horas pasaban entre clases y bares, en las calles. Aún ignoro como pude aprobar aquel primer año. En las clases comencé a profundizar en las clandestinidades habituales de la época y aprendí a tomar apuntes y a responder a lo que preguntaban. Ahorro de esfuerzos. En el bar, el Montesol, que habíamos adoptado como sala de estar, comedor y cocina, justo enfrente de la desolada habitación, nos llenábamos de humo, cerveza y bocadillos de tortilla. Aprendí a jugar al guiñote, a tomar café y coñac, y desarrollé mis tácticas de fumador. Las horas pasaban muertas en ese bar que todavía existe, en la misma esquina ventosa, con sus olores a fritangas y pinchos con vinagre.
Continuará...
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Bucear en las profundidades abisales de demasiados años exige escafandra de seguridad, con elevada resistencia a las altas presiones. Allá abajo se pierden las referencias de espacio y tiempo y las visiones que aparecen diáfanas pueden, en realidad, ser sólo reflejos empobrecidos, carentes del detalle de la vida.
Imaginemos un adolescente que se cree a punto para pasar a la edad adulta, que se cree adulto. Imaginemos que ha salido huyendo de una pequeña capital de provincias oscurecida por el sueño de los años de dictadura, olvidada en un meandro junto al río. Se deja arrastrar por la vida a unos estudios que no le seducen pero que le permitirán salir de la ciudad, dejar el ambiente familiar que le ahoga. Y allí aterriza, en otra ciudad más grande pero también adormecida, de nuevo al lado del mismo río pero con otros aires. Se siente libre en la habitación desnuda recién alquilada. Compra algunos manuales que no entiende pero que aprenderá a memorizar con el piloto automático para poder seguir disfrutando de lo que cree que es su libertad.
Quedan atrás amigos que no se atrevieron a dar el salto, amores nunca correspondidos. Ya ha conocido los dolores del fracaso sentimental y ha aprendido que no hay frase que más duela: "seamos amigos, me gustas, me caes muy bien, pero no estoy enamorada de tí".
Todo se olvida con las primeras borracheras y los segundos porros.
Continuará...
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