Categoría: En corto
10 Octubre 2006
Un hombre cruza en diagonal la plaza. A su paso se levantan las palomas, molestas por el intruso que interrumpe la pitanza. Desde un banco, en la sombra, le observan algunos jóvenes sentados en el respaldo. Miran sin ver como camina, sus miradas se pierden a lo lejos, hacia África.
Cuando se acerca a la esquina se detiene. Apenas un ligero temblor en los hombros. A sus pies vuelven las palomas que zurean esperando más grano. El hombre se lleva la mano a la boca, se la tapa. En su rostro emerge la tristeza y, poco a poco, sin moverse, se le escapan las lágrimas. Sólo dos. Resbalan lentamente.
Una niña se acerca para alimentar a las palomas. Levanta la mano y las tres más atrevidas se le montan en el brazo y picotean entre los dedos. La niña levanta la vista para mirar a la paloma que se posó en la cabeza del hombre, para llamarla al banquete. Ve el llanto lento, sosegado.
A pocos metros, su padre la observa. La niña se gira y corre hacia él: "anda, dame un dinero para la estatua".
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5 Octubre 2006
A veces, sobre todo cuando la depresión toca fondo, suelo escribir poemillas doloridos intentando encontrar en las palabras el consuelo. Los escribo, los olvido en las libretas que van llenando mis bolsillos y, a veces, los releo y los arranco avergonzado de la futildad del intento.
Hace unos días decidí ir al trabajo en metro. Cuando busqué en los bolsillo de la chaqueta la tarjeta de transporte mis dedos rozaron un papelillo doblado. Lo arrojé, sin leerlo, a las vías. Quedó como una mancha blanca en la negrura, apenas visible.
Juzgado de Guardia, dígame.
Llamo de la central de avisos de la Guardia Urbana. Ha habido un accidente en la estación de metro de Ciudadela. Hace unos diez minutos. Hay una persona fallecida. La circulación está detenida. Es urgente retirar el cadáver.
Paso el aviso. La comisión irá lo antes posible.
Suicido en el Metro. (Redacción) Poco antes de la medianoche, J.V.M., varón de 38 años, murió tras ser arrollado por un tren del metro. Se desconocen las circunstancias del fatal accidente, pero, junto al cadáver se localizó una nota manuscrita, al parecer un pequeño poema que, por su contenido, y según fuentes policiales, podría indicar que el propio fallecido pudo arrojarse de forma voluntaria al paso del convoy. La transcripción de la nota decía: "Silencio blanco/Llevo semanas y sólo oigo el silencio./Escribo con tinta blanca./Ni siquiera sé si volveré."
Sonaron las sirenas al paso de los coches camuflados. La distancia hasta la entrada a la estación era corta. Un policía les indicó los pasillos por donde debían dirigirse. El tren había retrocedido. Los escasos pasajeros ya habían sido trasladados la estación anterior. El cuerpo estaba troceado. Junto a la mano derecha, entreabierta, una mancha blanca.
Recojan ese papel, por favor, dijo el juez.
En el andén solo había un pasajero esperando. Se colocó detrás. Pocos segundos después entraba el convoy en la estación. Sólo un empujón. Ni le dió tiempo a gritar. El vagón que pasaba a su lado estaba vacío. La locomotora ya había pasado. Subió las escaleras mecánicas. En la entrada solo funcionaban los cajeros automáticos. Era tan sencillo que incluso estaba perdiendo la emoción, las sensaciones de poder de las primeras veces.
Siempre leo la prensa desde la última página. Ayer, por primera vez, vi publicado uno de mis poemas.
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22 Septiembre 2006
...nos llegan noticias, nos las cuentan, que no querríamos haber vivido. A veces, una llamada telefónica que, al ver el nombre iluminando la pantalla, genera un instante de sorpresa y felicidad antes de pulsar el acepto, introduce factores en la vida que no creíamos posibles. Son cosas que pasan a diario a nuestro lado pero que nunca hemos vivido de forma directa. Ni las pensamos. No existen. Ni siquiera tenemos sospecha de la liviandad de nuestras vidas, de los lazos que nos unen a cada uno de los días. Entonces nos damos cuenta de nuestra fragilidad, de lo absurdo de nuestras querellas y preocupaciones. En una ciudad de México una familia esperaba un bebé. Nadie sabe que pasó. No dan explicaciones, pero, desde que amaneció a la vida ingresó en el sufrimiento, en un sufrimiento que no le abandonará mientras viva. Tratamientos agresivos para intentar mantener un cuerpo que pierde vida por todos sus poros. ¿Cómo mantener la esperanza sabiendo que no existe futuro? ¿Cómo explicarle a su hermano que el hermano con el que iba a jugar y aprender no puede salir del hospital? ¿Cómo asumir que se ha roto la vida para siempre, que nada volverá a ser como antes? ¿Cómo entender la terrible injusticia? ¿Dónde pedimos cuentas? ¿Cómo explicar que queremos a ese pedazo de carne doliente más que a nuestra vida?
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15 Septiembre 2006
Priklopil construyó su habitación privada pensando, mientras arrancaba paletadas de tierra del sótano de su casa, que estaba edificando un palacio, una catedral, un homenaje magnífico.
Sin querer aceptarlo, muchos de nosotros construímos habitaciones obscuras en el sótano de la conciencia. Lugares donde solo nuestra soledad sabe lo que sucede. No solemos encerrar en ellas a personas, pero sí tenemos allí personas a las que creemos conocer y que, mientras las observamos tan próximas, se alejan cada vez más.
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8 Septiembre 2006
Tengo un amigo paranoico. Tiene el profundo convencimiento de que alguien o algo, no sabe si humano, espíritu o extraterrestre, captura sus sueños con algún propósito oculto.
Hace ya unos cuantos años, después de una buena cena y varias copas, me contó, entre avergonzado y espoleado por el alcohol, su triste situación. Comenzó a sospechar después de varios meses en que nunca recordaba ningún sueño al levantarse. Pensó que estaba durmiendo más profundamente, ya que era una época en la que su matrimonio no había sufrido los desgastes del tiempo y su vida sexual era placentera y constante y, además, pese a que dedicaba bastantes horas al trabajo, se encontraba en un momento ideal de su vida profesional. Pero, pese a todo, comenzó a preocuparse. Buscó información e incluso llegó a consultar con uno de los primeros especialistas en sueños de Barcelona que le recomendó, con tono pausado, que no debía preocuparse. Tras conocer las horas en las que, despertándose, podía resultar más probable el recuerdo, comenzó a poner despertadores para despertarse en mitad de la noche. Lo único que logró fue agriar el carácter de su mujer. Un año después se divorciaron de forma traumática, entre acusaciones mutuas y discusiones por la custodia de la iguana que había observado el deterioro de la relación desde una esquina del salón.
No nos veíamos con frecuencia. Un divorciado deja de encajar entre el grupo de amigos con problemas de pareja e hijos en que nos habíamos convertido. Pero, aquella noche, me hizo una revelación sorprendente. Hacía pocos días que había encontrado, oculto entre las ropas del fondo del armario, las que apenas usaba, una caja de zapatos llena de casetes vírgenes, con su celofán protector y, ajustándose a sus sospechas, las fue colocando, una a una, más de setenta y dos horas seguidas, en el reproductor. Allí encontró horas y horas de relatos, voces metálicas que explicaban historias. Algunas se repetían de forma obsesiva, muchas las conocía ya, otras le resultaron nuevas e incluso creyó que podían pertenecer a otros.
La revelación me inquietó. Durante unos cuantos días hice varias llamadas a antiguos amigos comunes, incluso a su ex, para confabularlos en mi propósito de buscarle un tratamiento adecuado. No conseguí gran cosa. Su ex me colgó el teléfono después de mandarme a la mierda y reclamarme la iguana. Dejé de verle y me fui olvidando. Adopté la ilusión de que el tiempo puede curarlo todo.
Desde esa noche sólo me lo he encontrado de forma ocasional. Veo como su aspecto se va deteriorando en cada encuentro, pero procuramos no hablar mucho y nunca le pregunto por sus sueños. En su mirada, a veces, encuentro rincones de sospecha. Ayer, después de varios años de encuentros esporádicos, me lo encontré curioseando en la sección de informática de la FNAC. Llevaba la camiseta arrugada, había ganado peso y apestaba a tabaco. Nos saludamos con mutuos recelos y le propuse tomar una caña en el Zúrich, por los viejos tiempos, aunque ya no sea el nuestro, le dije. En un rincón de la terraza, viendo volar las palomas sobre turistas y vendedores, me habló de conexiones wi-fi y tarjetas de memoria. Tenía información de primera mano sobre los últimos modelos de almacenamiento y transmisión de datos. Me dijo, cuando nos despedíamos, que seguía sin soñar nada.
Quedamos en llamarnos. Pero no creo que lo hagamos.
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13 Julio 2006
El mobbing inmobiliario está de actualidad desde hace unos años en la mayor parte de los centros históricos de nuestro país. Parece extraño, pero nadie habla del desahucio de un pueblo, mobbing general.
Cuarenta años. Una vida para muchos. Silencio entre vapores de alcohol barato. Realidad oculta entre paredes de hojalata y palmera en la parte trasera del paraíso de turistas adinerados. Ocultos por subsidios de miseria procedentes de un estado modelo de democracia exportable al universo, cuna de derechos ante el que abrimos la boca desde hace siglos. Peleas legales, sentencias favorables después de décadas de intentos que, al final, son revocadas por la decisión soberana de una reina octogenaria y multimillonaria.
Tres días. Ciento dos personas. Miles de sentimientos concentrados por imposición obligatoria. Sorprende que las islas, lo que ha quedado de ellas para disfrute de militares americanos y posadero de dinosaurios voladores metálicos, no hayan quedado anegadas por las emociones, hundidas definitivamente en el Índico para consuelo infinito de sus antiguos pobladores que ya no tendrían que seguir dando alimento a las esperanzas.
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12 Julio 2006
Hay días en que abrir el periódico se convierte en un puñetazo a la boca del alma. Ayer, página 6 de El Pais, una flor trágica en una morgue de Gaza. El cadáver pálido de un niño de apenas dos años surgiendo entre un sudario coloreado, tendido, alcanzada la paz que le negaron. En el acero de las puertas de la nevera se reflejan levemente los cuerpos de los que quedaron. No llega a apreciarse su horror. El fotógrafo y el reflejo evitan penetrar hasta las últimas dobleces del espíritu, allá donde las heridas de los que nos miran desde el metal no cicatrizarán nunca. Detrás de la puerta y los reflejos se esconden más tragedias que nunca conoceremos.
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31 Mayo 2006
El sargento de policía Theodore Bloom se agarró a la escalera y alcanzó el muelle. Sudaba. Bajó la mirada hasta sus zapatones de cuero, que brillaban a reglamento, y dejó caer a su lado los guantes de látex. Las sirenas se perdían en dirección a Coach Hill. Se acercó hasta los oficiales de inmigración que hurgaban entre los papeles que había encontrado en la caja de metal escondida dentro del banco de popa. Revisaban un manojo de pasaportes. Entonces pensó que habían estado tan ciertos de su muerte que ni se habían preocupado de arrojarlos por la borda para evitar las repatriaciones.
Cuando llegó a su lado un papelillo doblado revoloteó suavemente hasta sus pies. Se agachó con cansancio a recogerlo y lo desdobló. Apenas dos líneas mal escritas en una lengua que no entendía. Susurró los sonidos tras pasar los ojos por las grafías, y le llegó el aroma de la leche batida con canela y mango que su abuela le preparaba cuando era niño, más de cincuenta años atrás, mientras le cantaba las canciones que a ella le había enseñado su abuelo, canciones de un pasado remoto, canciones de otro continente, de otra vida.
Pensó, por un momento, en su infancia feliz en el Caribe. Colocó el papel en la caja y, con un gesto, se dirigió hacia su coche. Creyó que los recuerdos podrían tapar el horror y se quitó la mascarilla impregnada de alcanfor. El hedor de la muerte le llenó los pulmones y supo que era para siempre.
Conduciendo de regreso a casa tarareaba suavamente canciones desconocidas. Decidió que debía enseñárselas, por fín, a sus nietos.
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