Categoría: Dos
20 Septiembre 2006
Necesito que respetes mi intimidad, necesito tener una parte de mi misma, un espacio propio... me dijo, hace ya tantos años, después de mucho insistir en compartir sus pensamientos, los sufrimientos que yo podía sospechar. Me lo creí. Lo he tenido siempre presente en todos los años transcurridos, en todos los silencios vividos, todas las veces que rechazaba una caricia, un abrazo o un simple beso.
Hace unas cuantas noches sólo pudo decir que nunca he sido su marido, su amigo, su confidente. Entonces yo me callé. Y, en silencio, pensé que mi mayor error ha sido respetar siempre su silencio, querer en el silencio, soñar con que algún día sería capaz de abrir sus sensaciones y compartirlas. No pedir. Respetar.
servido por otravezadicto
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1 Septiembre 2006
Cuando en las vacaciones no se ha descansado, el regreso puede convertirse en un mar de angustia. Vivir el verano envuelto en la soledad y en la tristeza, en el silencio sólo roto por frases desabridas, captando como evita tu mirada y solo te dirige frases de desprecio, sin verte, como si mi solo presencia hubiera provocado que el día radiante se tornara neblinoso, el regreso a la rutina podría parecer incluso agradable.
Cuando lo vivido en las vacaciones se convierte en la rutina diaria, la angustia lo invade todo, y, en ella, me ahogo
servido por otravezadicto
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26 Julio 2006
Estoy empezando a temer que mi memoria contiene lagunas de proporciones oceánicas. Cada vez con más frecuencia lanzo preguntas y recibo, por única respuesta, un escueto "ya te lo dije, ¿es que no te acuerdas?", con el tono adecuado como para que yo entienda "ya te lo dije, pero, como siempre, no prestas ninguna atención a lo que te cuento y por eso no te acuerdas, así que, en adelante, mejor no te cuento nada".
Desconozco el momento en que comenzaron a fallar mis conexiones neuronales justo en las escasas ocasiones en que M. me cuenta algo. Desde hace meses, cuando eso sucede, agudizo al máximo mi atención, intento memorizar cada detalle, incluso gestos, actitudes, miradas, que puedan desvelarme aspectos ocultos de lo que verbaliza, los datos que quedan detrás de las palabras.
También hago pruebas externas. Auditorias de mi memoria con lo que me dicen otras personas. Y no detecto fallos significativos. El análisis de estos resultados, confrontado con el cada vez mayor número de ocasiones en el que escucho sobre mí la losa de la frase, me hace dudar. No sé si todo sucede por no prestar atención suficiente a lo que me dice o por que es ella la que no quiere contarme todo lo que pasa o todo lo que piensa y después no recuerda que partes ha omitido. Lo peor de todo es que, cada vez que me doy cuenta de que pregunto algo que ella cree que debería saber, se levanta un nuevo episodio de desprecio y, si no lo pregunto, el silencio y mi ignorancia siguen profundizando los fosos que nos separan.
Pero tampoco es cuestión que necesite de grabadora. ¿o sí?.
servido por otravezadicto
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25 Julio 2006
Cuando camino por la interminable terminal cuatro hacia la parada de los taxis aprovecho para conectar el móvil. En el último viaje, nada más guardarlo en el bolsillo, se disparó la alarma. Un mensaje. De M.: -Te has llevado mi cepillo de dientes-. Al llegar al despacho la llamé por teléfono para pedirle disculpas. Parecía evidente que, aquella mañana, ni siquiera la ducha había conseguido sacudirme el sopor. Le dije que se comprara otro, yo haría lo mismo, y que el error se había producido por que los dos cepillos que estábamos usando esos días eran azules y el color y el sueño habían provocado mi confusión. M. me contestó con rapidez, segura de su afirmación -te equivocas, el mío es verde-. Como tantas otras veces, no quise llevarle la contraria y entrar en discusiones tan absurdas como inútiles.
Al llegar al hotel, por la tarde, comprobé que la memoria no me había fallado. Su cepillo era azul. Lo guardé sin usarlo pese a que me hacía falta y no había encontrado una farmacia abierta entre el despacho y el hotel. Hace demasiado tiempo que la vida no nos lleva, como antes, a compartir bacterias y fluidos.
Y entonces, por sorpresa, creí entender por que M. parece no tener esperanzas ni ilusiones: cada vez que ha intentado caminar sobre la esperanza se ha hundido entre las aguas. Pura cuestión de daltonismo.
servido por otravezadicto
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21 Julio 2006
Quizás no debería escribir desde la depresión. Hoy me siento vacío. Demasiados años de silencio, ayer se cumplió uno más, hasta comprender la inutilidad de todos los esfuerzos. La condena que pesaba sobre Sísifo era en exceso cruel, incluso para sus culpas. Examen de conciencia. Terapias de choque. Vacíos llenos de nada. Extraños que se cruzan por la casa y que no se atreven a mirarse a los ojos. Demasiados años preguntándome a diario qué hago mal, sin darme cuenta de que lo único que hago mal es buscar sin descanso la pregunta a esa respuesta, incluso plantearla.
Necesito vacaciones de esta vida.
servido por otravezadicto
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14 Julio 2006
Por las mañanas siempre queda una barrera de sábanas en medio de la cama. Los movimientos en sueños desvelan nuestras miserias. Mis sueños pierden cada noche. Nunca existen. Ni siquiera los recuerdo.
servido por otravezadicto
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16 Junio 2006
El colchón sigue crujiendo. Los muelles sufren. La espalda y el cuello se resienten cada noche. Seguimos soportando el paso del tiempo sobre él, como si nada sucediera, como si nada hubiera sucedido nunca. Desde el último intento, desde la búsqueda de un recambio necesario, no ha habido más diálogo. Los dos sabemos que hace falta uno nuevo, pero alejamos del día a día cualquier conversación que pueda modificar el status quo del silencio. Del último intento surgió a la luz la diferencia, la posibilidad de atacar la realidad. Y, los dos, parecemos querer que siga oculta, perdida entre los desvencijados alambres del colchón.
Silencios. Frío. Seguimos sin cortinas en el dormitorio después de doce años. Nunca es el momento adecuado para aislarnos juntos. No tenemos nada que ocultar a los vecinos. Nunca pasa nada.
servido por otravezadicto
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28 Abril 2006
Creo que estaba dormido, aunque no puedo recordar si soñaba. Un extraño ruido, casi un zumbido, se introdujo en mi oído izquierdo. Duermo de costado, hasta en eso sigo las reglas más comunes. El sueño no debía ser muy profundo. Me desperté casi de inmediato.
Ya despierto, en la oscuridad, presté atención. El sonido procedía de la almohada. Apenas audible si apartabas la cabeza pero allí estaba. Al principio pensé que era un programa deportivo con interferencias, pero nunca escucho la radio en la cama. Era sonido de fritura, de antiguos vinilos muy rayados, voces, al fondo, hablando. Me incorporé y levanté la almohada. Nada. La palpé y en su interior blando de plumas no pude encontrar nada con una densidad distinta que permitiera explicar el origen del ruido. Me volví a tumbar y apliqué de nuevo la oreja. Allí estaba el ruido.
Pasaron algunos minutos hasta que comencé a distinguir alguna palabra entre los zumbidos. Eran nuestras voces, la mía y la suya, pero ella dormía a mi lado, vuelta de espaldas, como cada día, roncando levemente. Hablábamos, comentábamos las tonterías del trabajo de ese día, cómo nos sentíamos, el último problema de las chicas. Las voces tenían un tono de cariño y complicidad que parecía llegar de un pasado remoto. El rumor de la conversación se fue apagando hasta que creí percibir el sonido húmedo de un beso y, entonces, desapareció.
Me dormí de nuevo, después de un rato pensando en los silencios que llenan mis días. Más sosegado.
servido por otravezadicto
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