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La Coctelera

Adicciones

Categoría: Abecedario

21 Octubre 2006

Improntas

César Tubau se había quedado sin ideas. Nunca había sido una persona despierta pero, una mañana, tiempo atrás, sintió que no se le ocurría nada y ni tan siquiera notó un vacío. Miraba a las personas a su alrededor, observaba los distintos objetos, conocía sus nombres y sus usos, seguía con los ojos los movimientos, pero nada llegaba a producir un pensamiento en su cabeza. No conseguía pensar nada, y ni siquiera era consciente de ese vacío, ni se sentía distinto a los demás, ni podía pensar que otros días anteriores en su vida habían sido diferentes.

Desde entonces, durante años, siguió una vida metódica inspirada por la mecánica diaria grabada como una impronta en los pliegues de su cerebro. Con su mujer compartía la vida que acostumbraban, ajenos a novedades o a sorpresas. En el trabajo respondía de forma adecuada a los estímulos documentales y a los destellos del ordenador y pasaba las horas muertas, removiendo papeles, copiando informes, y utilizando corta y pega de word para hacer miles de páginas inútiles. Al llegar a casa, algunas noches, su compañera le esperaba con alguna de sus sorpresas habituales y terminaban, como siempre, haciendo el amor tal y como habían aprendido hacía ya demasiado tiempo.

Los años transcurrieron lentamente, con la suave cadencia de las estaciones, con el monótono caer de las hojas del calendario. Todo estaba en orden.

Una noche, César Tubau se despertó sudando. En el reloj comprobó la hora, apenas las cuatro de la mañana, y sintió un escalofrío. Pensó que no era feliz y la simple comprobación de que algo se había vuelto a encender en su mente le asustó. No sabía como reaccionar. No estaba previsto que sucediera. El sudor se incrementó y notó un dolor agudo en el pecho. Apenas se dio cuenta de que se moría.

A la mañana siguiente, cuando sonó el despertador, su mujer sintió su mano fría y quieta en la cadera. No tuvo siquiera que mirarlo para saber lo que había sucedido. Pensó: pobre, como un pajarito...

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2 Octubre 2006

Como debe ser

Bernardo era hijo de un abogado con despacho histórico aunque modesto, en el centro de una ciudad mediana con regular crecimiento. Estudió con corrección. Buscaba apuntes, se preparaba los exámenes, sabía que sus gruesas gafas le librarían de las obligaciones militares entonces vigentes. Buscó novia en la facultad y la encontró de su talla, a su medida. Comenzó a hacerse cargo poco a poco de los asuntos que, de forma lenta pero también regular, iban entrando. Alcanzó ritmo de crucero en su economía familiar, con la ayuda del sueldo constante de funcionaria de la que, de novia, pasó a ser su esposa. Nunca se movió de la ciudad en la que había nacido. Ahora, su hijo Bernardo ha comenzado en la facultad. El río lento de la vida va transcurriendo. Cambió gafas por lentillas y, al final, incluso se operó la miopía. Pero sigue viendo las mismas calles cada día. Cambian las estaciones, pasan los años, y, supongo que, aún de forma razonable, es feliz.

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29 Septiembre 2006

A diario

Andrés se baja del autobús y camina hasta el café. Hoy no ha comprado el periódico. Ni siquiera pide a la camarera, a la que saluda sólo con un leve gesto. Mientras espera el cortado enciende el segundo cigarrillo y aspira con fuerza. Desea sentir la quemazón y saber que le hace daño. Recoge el café y comienza a removerlo para que se enfríe. Esta noche tengo que hablar con ella, ya no puedo seguir aguantando silencios y negativas. De hoy no pasa. Tengo que saber que sucede.

El día transcurre en silencio. La soledad del despacho, la monotonía de los papeles. No llega ningún mensaje a la bandeja de correo, salvo los habituales documentos oficiales de cada día. Y, tan rápido, ya es de noche. Llegó el momento. Todos se han acostado. Ella lo ha hecho en silencio, sin decirle siquiera hasta mañana, o me voy a la cama, o ven conmigo a la cama. Cuanto tiempo hace que no escucha esas frases. Ya no recuerda. Andrés, por un momento, ha pensado en seguirla. No le interesa la luz ni el ruido del televisor, ni el libro abierto en su regazo, pero ahora incluso desea el silencio. Es el momento de salir al balcón. Encender un pitillo, aspirar hasta que duela, sentir que se va muriendo poco a poco, en cada calada. Y saber que, por fin, ha pasado un día más con ellas.

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Sobre mí

Volver tras casi un año en el pais de los silencios, sentir de nuevo la necesidad de contar, de lanzar al vacio sensaciones calladas. Vuelvo de las miradas que me asaltaron cuando intentaba decirle adiós al humo a mis miradas aquí. Otra vez adicto.

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